Club Atlético, El Banco, El Olimpo, Pozo de Quilmes y la Esma, fueron las cinco salas del infierno que recorrió Mario Villani luego de ser secuestrado en noviembre de 1977, cuando enseñaba Física en la Universidad de La Plata y trabajaba en la Comisión de Energía Atómica.

Villani, sobreviviente de los campos y fallecido hace pocos meses, escribió un libro que es un testimonio del horror desde sus mismas entrañas. Un libro tan imprescindible para entender la perversidad del Terrorismo de Estado en Argentina como son los de Primo Levi para abordar el Holocausto nazi: «Desaparecido. Memorias de un cautiverio”.

Editado por la editorial Biblos en 2011, con prólogo de Raúl Zaffaroni, es hoy casi inhallable. Por eso vale la pena, a 45 años del genocidio, darlo a conocer masivamente y trabajar para que se reedite todas las veces que sea necesario.

Mario Villani tenía 38 cuando se lo llevaron a recorrer el infierno durante tres años y ocho meses. La primera parada fue en el centro clandestino llamado Club Atlético que, hoy lo sabemos, estaba en Paseo Colón y Garay, pleno centro de Buenos Aires. Así era la Argentina de la dictadura, los campos de concentración en calles del centro de la ciudad y de algunos barrios, donde los Falcón entraban y salían a toda hora sin que nadie notara nada raro, o el terror hiciera imposible la denuncia.

En ese sótano inmundo, hasta donde llegaban los ruidos de la rutina ciudadana, Villani sufrió largas sesiones de tortura. Las describe con pudor, sin golpes bajos, con prosa precisa y despojada. No habla de actos heroicos. No se siente un super hombre, tampoco un traidor.

“Un día se rompió la bomba que desagotaba las letrinas, a los pocos días el sótano apestaba y los guardias también estaban desesperados, así que me ofrecí para arreglarla. Había un cortocircuito que solucioné fácilmente. Mi función de ‘arreglador´ había comenzado y eso sería lo que finalmente me salvó la vida.”

Villani no se excusa ni se compadece de sí mismo: “trabajé como mano de obra esclava, pero no delaté, ni torturé, ni entregué a nadie”. Su objetivo era sobrevivir. No hacía planes a futuro, no cedía a la melancolía ni al recuerdo de sus días de libertad y militancia. Cualquier distracción le podía costar la vida, y él había decidido usar sus habilidades y conocimientos técnicos para salir vivo de ese horror.

Al poco tiempo tradujo del inglés el manual de instrucciones de un centro musical que un miembro de la patota había robado en un allanamiento. Lo tradujo en una celda a la que le decían “quirófano”, porque era el lugar que se usaba para torturar a los prisioneros. Apoyado sobre la cama elástica donde ataban a los secuestrados, Mario Villani volcó al castellano los manuales, buscando estirar la tarea para escaparle al mundo que lo rodeaba y para prolongar sus horas de distracción y consuelo.

Otro día reparó una radio a transistores y así fue sumando horas fuera de su celda, hasta que logró que le montaran un taller con la misma mesa de trabajo y con sus propias herramientas, que los carceleros habían robado de su casa luego del allanamiento.

Era consciente de que estaba colaborando con los represores. Su mandato era salir y contar la historia. Desde su taller en el Club Atlético vio desfilar desnudos a los compañeros que serían arrojados desde los vuelos de la muerte. Vio como los hacían formar fila, los desnudaban y les inyectaban pentotal para dormirlos. Una vez por semana el chupadero se cubría de silencio. Para la ceremonia de los “traslados” se detenían las torturas y, casi en puntas de pie, se iban llevando a los elegidos, a esos compañeros que nunca volvió a ver vivos en ninguno de los otros centros clandestinos por los que pasó. Hombres y mujeres que fueron tirados al mar, mientras les prometían que serían trasladados a “granjas de recuperación” en el sur del país.

Así, durante meses, vio escenas en cada uno de los cinco campos que marcaron sus días, sus noches, su vida toda mientras, inclinado en su mesa de trabajo, arreglaba los aparatos que los guardias ponían en sus manos. Hasta que llegó una picana eléctrica que se había roto durante una de las sesiones de tortura. Se la dio Juan Antonio del Cerro, alias “Colores”, uno de los torturadores más salvaje del chupadero.

–No puedo Colores, no puedo arreglar un instrumento de tortura, le dijo Villani.

–¿Ah no?, entonces voy a usar el Variac en los interrogatorios, respondió Colores.

El Variac, es un transformador que alcanza los 280 voltios, es mucho más doloroso que la picana y puede causar la muerte con facilidad.

“Colores empezó a torturar con Variac, cuenta Villani, y hacía pasar a las víctimas frente a mi taller para que yo las viera. Muchos compañeros salían en coma, otros con quemaduras terribles y la carne destrozada. Soporté ese espectáculo una semana, hasta que no pude más y le pedí que me diera la picana para arreglarla. Le cambié una pieza y la hice funcionar pero con menos energía que la que tenía antes. Colores nunca se dio cuenta que la nueva picana producía menos dolor y quemaduras que la original, y les permitía a los torturados aguantar mejor ese suplicio.”

Años después, ya libre, luego de escuchar su testimonio en uno de los juicios de lesa humanidad, una señora de unos 80 años se acercó para abrazarlo y decirle que gracias a él ella había podido soportar las sesiones a la que «Colores” la había sometido.

“Del Cerro notaba que la picana era débil, e insultaba a la compañía de electricidad por el mal servicio que le estaban brindando”, le dijo la compañera con una sonrisa.

De su paso por el Olimpo y el Pozo de Quilmes da detalles de las madres secuestradas con sus hijos pequeños, testigos de los sufrimientos de sus padres, a quienes torturaban en presencia de ellos. Bebés y niños de cuatro o cinco años conviviendo en el infierno, muchos de ellos también asesinados

Villani recita nombres y apellidos, da detalles, recuerda fechas, nombres de desaparecidos y de represores. Describe lugares, pero sobre todo describe con exactitud la magnitud del genocidio, de la perversión y del sadismo con el que la dictadura cívico militar llevó adelante su plan sistemático de exterminio, para imponer en el país el plan económico que Martinez de Hoz diseñó a la medida de los intereses de los sectores dominantes.

Mario Villani murió hace dos meses a los 81 años, pero consiguió lo que se propuso: salir vivo. Su testimonio, al igual que el de otros “desaparecidos reaparecidos”, como Víctor Basterra o Jorge Watts, sirvió para perseguir y encarcelar a los genocidas.

Declaró en todos y cada uno de los juicios por delitos de lesa humanidad, caminó el país para denunciar y perseguir a los asesinos, participó en juicios en Italia, España y Francia y escribió este libro junto a Fernando Reati, quien grabó las entrevistas y dio el formato literario acorde a la intensidad del testimonio. No es casual que para su prólogo Reati haya elegido una frase bíblica: “Pon atención, y no te olvides de cuanto has visto con tus ojos para no dejarlo escapar nunca de tu corazón. Antes bien, enséñaselo a tus hijos y a los hijos de tus hijos”. (Deuteronomio 4.9).

“Desaparecido. Memorias de un cautiverio”, debiera ser de lectura obligatoria en escuelas y universidades. A 45 años del golpe cívico militar, es un ejercicio imprescindible en el camino de la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Desaparecido. Memorias de un cautiverio, de Mario Villani y Fernando Reati.

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